Prestame un color

Una primavera que se come al invierno, mientras él devora letargos incandescentes en este imperio congelado de personitas, se presenta ante la tranquera de mi ser, solicitando hospedaje. Pienso que mil capullos de bienaventuradas sonrisas (que siempre trae consigo la magia primaveral) pueden soliviantar a mi satisfacción y con un deleite de porvenir le abro paso a mi refugio.
Ahora la hipnosis de su majestuosidad me tiene empapada de un dulce aceite que no se quita tan solo fregando, él está decidido a perpetuar su instalación contagiando paisajes ruborizados de soles que loan a gritos por la continuidad de este estado.
Es tan mística la empeñada calma que transmite, son tan sinceras las sinfonías que sobrevuelan su aura, es tan incomparable el estoicismo de sus nubarrones que ningún mamarracho con espada puede competir contra su brillo.
Hay rosa, hay violeta, se cuela también un amarillo. Todo es arco iris de temporada, todo se contagia de color y sonidos sordos de gemidos. La brisa de media tarde quiere escuchar un cuento y se posa en mi regazo para ser convertida en canción.
Fito me custodia los oídos proliferando placer en mi interior. Su voz de pasto fresco me rocía suaves pensamientos que patinan sobre las orquídeas trenzando baja probabilidad de melancolía. Hechicería debe practicar este señor para lograr que una simple eufonía se enamore de una bandada de letras y, combinadas, constituyan la más formidable pareja jamás antes vista.
Trovadores emplumados ensanchan caminos abriendo paso a gastadas alpargatas que, chapoteando matices, rebuscan tules de placidez.
Una cápsula de amparo bordea la órbita del verdugo de la apatía y repentinamente todo se tiñe de technicolor junto al terciopelo de tus ojos. Se ilumina íntegro el universo y ya el sueño de mi descabellada imaginación le pisa los talones a la superficie de la realidad consiguiendo al fin el triunfo de mi alma emancipada.