Había una vez un cuadrado tridimensional
Una vez conocí una caja. No era de regalo; no tenía moños ni envoltorio brillante. Tampoco tenía ese papelito de plástico de bolitas explotables.
Una caja, como cualquiera, como todos. Y de metal.
Nadie supo nunca lo que había dentro de la caja, porque ella, impenetrable, no se dejó explorar.
Y así termina la historia de la caja: aburrida, sin emoción, sin contenido, dura, impenetrable.
